Por Alix Cardona
Resumen
Las personas dentro del espectro autista pueden enfrentarse diariamente a entornos que no siempre comprenden sus formas particulares de comunicación, regulación sensorial e interacción social. Ante estas exigencias, algunas desarrollan estrategias de camuflaje social o masking con el objetivo de adaptarse, evitar el rechazo o cumplir con las expectativas de quienes las rodean. Este artículo analiza la relación entre el masking y la ansiedad, así como las consecuencias que puede generar mantener este esfuerzo de adaptación durante periodos prolongados. Se abordan conceptos como el stimming, la autorregulación, el agotamiento autista y los posibles efectos del camuflaje sobre la identidad personal. Más allá de comprender el masking únicamente como una estrategia social, se propone reflexionar sobre el costo emocional y psicológico que puede implicar para las personas autistas y sobre la importancia de construir espacios donde las diferencias puedan expresarse sin necesidad de ocultarlas para ser aceptadas.
Palabras clave: autismo, masking, camuflaje social, ansiedad, stimming, agotamiento autista
Según el Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales en su quinta edición (DSM-V), el Trastorno del Espectro Autista (TEA) se clasifica como un trastorno del neurodesarrollo, el cual se caracteriza por déficits constantes en la interacción social, en la comunicación verbal y no verbal, rigidez cognitiva, habilidades para desarrollar, mantener y entender relaciones, presencia de patrones del comportamiento e intereses profundos o repetitivos.
La conceptualización del autismo se ha transformado de manera importante desde sus primeras fuentes en la literatura psiquiátrica, pasando de una categoría demasiado rígida y generalmente mal entendida a la concepción de un espectro que es dinámico, heterogéneo e incluso cultural. La construcción del campo de estudio de la neurodiversidad comenzó formalmente en el año 1925 por la psiquiatra Grunya Sukhareva, quien fue la primera en describir de manera sistemática lo que actualmente conocemos como autismo bajo el término “psicopatías esquizoides”.
Más adelante, se conoce la “historia oficial” sobre el trastorno, que proviene de los estudios llevados a cabo de forma independiente por Leo Kanner (1943) y Hans Asperger (1944), donde Kanner definió “el autismo infantil temprano” con base en la extrema soledad y la resistencia al cambio que caracteriza el trastorno, mientras que Asperger estudiaba casos con habilidades cognitivas y del lenguaje conservadas, pero con dificultades marcadas en la integración social.
Las personas dentro del espectro autista pueden presentar comportamientos estereotipados, alteraciones sensoriales y dificultades en las áreas social, académica, conductual y comunicativa. Esto incluye retos para compartir sentimientos o pensamientos, usar conductas comunicativas no verbales y desarrollar, mantener o comprender relaciones en contextos sociales, personales, laborales y académicos. Asimismo, suelen tener arraigados uno o varios intereses restringidos que forman parte de su hiperfoco, junto con respuestas de hiper o hiposensibilidad al entorno, poca flexibilidad cognitiva, tendencia a seguir hábitos que pueden o no causar un deterioro significativo, desregulación emocional por cambios abruptos, entre otros.
Por otro lado, el stimming se define como un conjunto de comportamientos autoestimulantes y repetitivos que permiten la regulación sensorial y emocional de quienes los practican. Los ejemplos más comunes son: mirar fijamente estímulos que giran, parpadean o son coloridos (visual); tararear, emitir ruidos repetitivos o escuchar canciones en bucle (auditiva); tocar objetos con texturas o formas diferentes (táctil); girar, caminar de puntas o balancearse (vestibular); y apretar las manos, morderse o agitarlas (propioceptivo). Todas estas conductas ayudan a la persona a autorregularse ante una sobrecarga sensorial, emocional, académica o laboral.

Sin embargo, cuando el entorno no comprende ni hace válidas las necesidades de regulación, o cuando la persona anula por completo estas conductas de autorregulación como parte del camuflaje social, la presión sobre su bienestar aumenta; aquí entra en juego la ansiedad, entendida clínicamente como una respuesta emocional y psicofisiológica compleja (con bases neurobiológicas) que actúa como una reacción de alerta o anticipación ante situaciones continuas de estrés, colocando a la persona en un estado constante de defensa. Cuando la ansiedad alcanza niveles muy altos y altera el comportamiento, puede convertirse en una condición patológica que afecta la capacidad de la persona para enfrentarse a las situaciones cotidianas.
Diversos estudios demuestran que las personas autistas presentan niveles de ansiedad altos, ya que existe la demanda intencionada hacia ellas mismas por querer encajar, pareciendo “normal”. ¿Cómo logran “camuflarse”? La respuesta es sencilla: haciendo masking.
El masking o camuflaje social debe conceptualizarse como un proceso cognitivo intencionado y dirigido a la adaptación inmediata. Hull et al. (2017) señalan que el masking puede implicar tres dimensiones: la compensación de las dificultades sociales, el camuflaje de las características autistas y la búsqueda de integración en las interacciones grupales. Esto suele traducirse en un análisis continuo del lenguaje corporal, el repaso anticipado y repetitivo de diálogos y la eliminación intencional de estereotipias o movimientos autorregulatorios (como el stimming). Gran parte de la población autista toma este camuflaje como una herramienta de adaptación para evitar el estigma y el rechazo; sin embargo, el costo psicológico de mantener esta apariencia es extremadamente alto, desencadenando niveles severos de ansiedad.
Cuando este esfuerzo por encajar se sostiene durante años, el costo psicológico no solo se manifiesta como ansiedad, sino que se transforma en lo que la comunidad autista y la investigación contemporánea denominan agotamiento autista (Raymaker et al., 2020). Este estado de colapso profundo no se diagnostica como una depresión clínica tradicional, sino que es el resultado del estrés crónico, el procesamiento sensorial excesivo y la autoexigencia extrema del camuflaje social. Quienes lo experimentan sufren un agotamiento mental, emocional y físico tan severo que puede provocar una pérdida temporal de habilidades, como la capacidad de hablar con fluidez o de tolerar estímulos cotidianos que antes se toleraban.

Al mismo tiempo que se presenta el desgaste físico y mental, el masking crónico puede influir significativamente sobre la identidad de la persona y puede llegar a la llamada despersonalización (Hull et al., 2020). Al pasar la mayor parte de la vida fingiendo expresiones faciales, ocultando intereses legítimos y anulando los movimientos naturales de regulación, la persona autista llega a un punto en el que desconoce quién está realmente debajo de las máscaras sociales. Por estas razones, el proceso de un diagnóstico tardío (frecuentemente más común en mujeres, debido a la alta capacidad de camuflaje) suele iniciar con un duelo intenso por desaprender la simulación y comenzar a descubrir la propia identidad.
Finalmente, el masking no solo es una estrategia social, sino que puede convertirse en una trampa de adaptación que obliga a las personas autistas a camuflarse para encajar en un mundo diseñado exclusivamente para la neurotipicidad. Se considera una forma de violencia sistémica que daña la salud mental, provoca agotamiento e incluso interfiere con la identidad de la persona. Visibilizar el daño real del masking es un paso importante hacia la creación de entornos donde la diferencia no exija el cambio para evitar el rechazo o el estigma.
Referencias
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